¿Qué los impulsa a matar?
Cuando hablamos de asesinos en serie tendemos a meterlos a todos en el mismo saco. La ficción tampoco ha ayudado demasiado: durante décadas nos ha acostumbrado a un determinado perfil de criminal extremadamente inteligente, metódico y capaz de anticiparse siempre a quienes lo persiguen.
La realidad, como casi siempre, es bastante más enrevesada.
Una de las clasificaciones más conocidas distingue a los asesinos en serie según la motivación predominante detrás de sus crímenes. No son compartimentos estancos —ya que un mismo individuo puede reunir características de varios perfiles—, pero resultan interesantes para entender hasta qué punto dos homicidas que actúan de manera aparentemente similar pueden perseguir objetivos completamente distintos.
En este reel resumo los cuatro grandes perfiles:
El asesino visionario
Actúa condicionado por una percepción distorsionada de la realidad. Puede creer que recibe órdenes, escuchar voces o interpretar determinados acontecimientos como señales que le obligan a matar.
En estos casos, la lógica del crimen puede resultar incomprensible desde fuera, pero no necesariamente desde la mente del asesino: dentro de su propia construcción de la realidad, sus actos pueden tener una explicación.
Eso no significa, claro está, que trastorno mental y violencia sean equivalentes. La inmensa mayoría de las personas que padecen una enfermedad mental no son violentas.
El asesino misionero
No cree simplemente que quiere matar. Más bien cree que debe hacerlo.
Se atribuye una especie de misión y considera que determinadas personas representan algo que debe eliminar de la sociedad. Sus víctimas pueden pertenecer a un colectivo concreto o compartir alguna característica que, dentro de su sistema de creencias, las convierte en objetivos.
Lo inquietante de este perfil es precisamente esa justificación: el criminal puede llegar a verse a sí mismo no como un asesino, sino como alguien que está corrigiendo una injusticia o cumpliendo una función.
El asesino hedonista
En este caso el crimen está relacionado con algún tipo de gratificación personal. Matar produce placer, excitación o una recompensa que el asesino busca repetir.
Dentro de este perfil los criminólogos han planteado a su vez distintas motivaciones: desde la excitación asociada al propio acto de matar hasta el beneficio material o incluso la mera gratificación sexual.
Por eso dos asesinos considerados hedonistas pueden tener conductas y patrones completamente diferentes.
El asesino de poder o control
En este caso, lo fundamental no es únicamente la muerte de la víctima. Es dominarla.
Controlar lo que hace, someterla, decidir hasta dónde llega su sufrimiento y, finalmente, tener en sus manos la decisión sobre si vive o muere. El asesinato se convierte así en la expresión máxima de una relación de poder completamente desigual.
En mi opinión, es uno de los perfiles que más posibilidades ofrece también desde el punto de vista narrativo porque obliga a preguntarse qué busca realmente el criminal cada vez que repite su ritual.
Del perfil criminal a la novela negra
Cuando escribo novela negra, este tipo de clasificaciones me interesan no tanto como una plantilla para construir asesinos que como un punto de partida.
Saber cómo mata un criminal es importante. Pero suele ser mucho más interesante preguntarse por qué necesita hacerlo, qué significado tienen para él sus víctimas y qué cree estar consiguiendo cada vez que repite el crimen.
Porque detrás de un patrón puede haber placer, poder, una obsesión, una idea delirante… o incluso la convicción de estar impartiendo justicia.
Y esa última posibilidad está precisamente en el origen del asesino al que Gorka Larssen y Karmen Ayala persiguen en El verdugo del agua.
¿Te interesan los asesinos rituales y las investigaciones criminales?
En El verdugo del agua, dos cadáveres aparecen siguiendo un patrón imposible y el subinspector Gorka Larssen deberá averiguar qué lleva al asesino a convertir cada muerte en un castigo.




