Hay ciudades que parecen hechas para la novela negra, y Vitoria-Gasteiz es una de ellas. En octubre de 2024, Negrasteiz convirtió la capital alavesa en un punto de encuentro para escritores y lectores del género, con mesas redondas, charlas y ponencias.
Tuve el privilegio de participar en la segunda edición del festival, concretamente en la Mesa Literaria 1: «La fuerza de los autores locales», junto a María Santorum y Leire Mauleón, moderada por Luis Ángel Fernández de Betoño, en el Auditorio Francisco de Vitoria.
Escribir desde aquí
Buena parte de la conversación giró alrededor de una cuestión que me interesa especialmente: qué significa escribir desde un territorio concreto.
Siempre he pensado que situar una novela en lugares cercanos no limita una historia. Puede ocurrir exactamente lo contrario. Conocer un paisaje, sus historias, su carácter y hasta sus contradicciones permite utilizarlo de una manera que va mucho más allá de colocar unos nombres sobre un mapa.
En mis novelas, Álava y otros lugares del entorno que conozco no funcionan como simples decorados. El paisaje condiciona a los personajes, determina la atmósfera y, en ocasiones, acaba convirtiéndose casi en uno más de ellos.
Quizá por eso me atrae tanto escribir novela negra desde aquí. Hay embalses, montes, pueblos pequeños, carreteras secundarias, patrimonio histórico y espacios que cambian completamente después de que caiga la noche. Lugares cotidianos que, contemplados desde otro ángulo, pueden resultar profundamente inquietantes.
El lugar también cuenta la historia
Una de las cosas que más me interesa cuando comienzo una novela es preguntarme no solo dónde sucede algo, sino por qué tiene que suceder precisamente allí.
Un escenario debería aportar algo al crimen, a los personajes o al misterio. De lo contrario, podría sustituirse por cualquier otro.
Por eso disfruto trabajando con lugares reales. Me gusta pensar que un lector puede reconocer un paisaje, buscarlo después o incluso recorrerlo con otros ojos tras haber pasado primero por él dentro de una novela.
Es algo que está muy presente en Los Crímenes del Agua, donde territorio, memoria y crimen terminan inevitablemente entrelazados.
Cuando la escritura deja de ser solitaria
También hay otra parte de estos encuentros que valoro especialmente.
Escribir una novela implica pasar muchos meses a solas con una historia que, durante buena parte del proceso, solo existe para quien la está escribiendo. Festivales como Negrasteiz rompen durante unas horas ese aislamiento.
De pronto aparecen otros autores, lectores, libreros y personas que comparten la misma pasión por las historias. Se habla de libros, de cómo se escriben, de las dudas que aparecen durante el proceso y de aquello que sucede una vez que una novela deja de pertenecerte exclusivamente a ti y llega a manos de los lectores.
Y es precisamente ahí donde todo cobra sentido.
Lo que me dejó Negrasteiz
Más allá de la mesa literaria, me quedo con esa sensación de encuentro.
Con la posibilidad de hablar de novela negra en mi propia ciudad. Conocer otros autores. Escuchar otras formas de entender la escritura. Y comprobar que existe un público interesado también en las historias que nacen en nuestro entorno.
Porque hablar de autores locales no debería significar reducir una obra a su procedencia. Una historia puede nacer en Vitoria, Bilbao, Valdegovía o cualquier otro lugar concreto y aspirar, al mismo tiempo, a llegar mucho más lejos.
Al final, escribir es un acto solitario. La literatura cobra todo su sentido cuando encuentra a sus lectores.




