Amalur, o Ama Lur, significa Madre Tierra. El nombre parece ofrecer una definición sencilla, aunque detrás de él se han acumulado interpretaciones muy distintas sobre la antigua cosmovisión vasca.
Durante mucho tiempo se ha presentado a Amalur como la gran divinidad primigenia de la que procede todo lo existente. En versiones divulgativas muy extendidas se le atribuye incluso la creación del Sol, la Luna y diferentes fuerzas naturales. Algunas de esas afirmaciones proceden de la reelaboración contemporánea de relatos tradicionales y conviene no confundirlas con un sistema mitológico antiguo perfectamente documentado.
La idea fundamental es bastante más fácil de comprender: la tierra como madre y origen de la vida.
En unas sociedades dependientes directamente de las cosechas, los animales, los bosques y el clima, la naturaleza no constituía un paisaje que pudiera contemplarse desde fuera. Determinaba la supervivencia cotidiana. La tierra proporcionaba alimento, acogía a los muertos y contenía cuevas, simas y manantiales cuyo funcionamiento resultaba durante mucho tiempo desconocido.
Buena parte de la mitología vasca está ligada precisamente a esos espacios. Mari habita en cuevas y montañas; las lamias aparecen en ríos y fuentes; Basajaun pertenece al bosque. Los seres legendarios no ocupan un mundo fantástico separado del territorio real, sino lugares que podían recorrerse y señalarse.
Esa característica resulta quizá más interesante que cualquier intento de construir un panteón ordenado.
La relación entre Amalur y Mari
Amalur y Mari aparecen con frecuencia como si fueran dos nombres para una misma realidad. En otras ocasiones se explica que Mari sería una personificación de Amalur: la Madre Tierra convertida en una figura con rostro, carácter y leyendas propias.
Es una interpretación posible, pero no existe una única tradición que permita establecer esa relación como una doctrina aceptada de forma uniforme.
A efectos de estas páginas resulta más útil diferenciarlas. Amalur remite a una concepción de la tierra; Mari pertenece de manera más clara al terreno del relato. Podemos localizar las supuestas moradas de Mari, recopilar historias sobre sus desplazamientos o encontrar nombres distintos según la comarca. Amalur funciona de una forma mucho menos narrativa.
Otra de las imágenes asociadas habitualmente a Amalur es la del Sol y la Luna entrando y saliendo de la tierra. En diferentes relatos tradicionales, ambos astros adquieren carácter femenino y se relacionan con un ciclo en el que desaparecen bajo la superficie para volver después al cielo. Son explicaciones surgidas de una época en la que los fenómenos naturales se interpretaban con herramientas muy diferentes de las actuales.
También la eguzkilore, colocada tradicionalmente en algunas puertas como protección, ha terminado integrándose en este mismo imaginario. La conocida leyenda según la cual Amalur habría creado el Sol y posteriormente la flor para proteger a los humanos de los seres nocturnos constituye una de las narraciones más difundidas hoy sobre esta figura.
No necesitamos tomar esos relatos como el reflejo exacto de una religión desaparecida para apreciar lo que cuentan. Lo significativo es la importancia que conceden a la tierra y a todo aquello que nace, se esconde o vuelve a ella.
Cuando se observa desde esa perspectiva, Amalur deja de ser simplemente el nombre de una supuesta diosa y permite entender mejor una característica que se repite constantemente en la tradición vasca: el paisaje no funciona como fondo de las historias, sino que forma parte de ellas.







