Hay escenarios que no necesitan ser inventados. Basta recorrerlos despacio.
El Casco Viejo de Bilbao es uno de ellos. Hoy hablamos de las Siete Calles como si siempre hubieran formado un único conjunto, pero el núcleo urbano original de la villa estuvo compuesto inicialmente por tres: Somera, Artekale y Tendería. A medida que Bilbao creció se añadieron Belosticalle, Carnicería Vieja, Barrencalle y Barrencalle Barrena, configurando el corazón histórico que conocemos actualmente.
Su ubicación nunca fue casual. Bilbao nació junto a la ría, en un punto en el que comercio, pesca y comunicación con el exterior condicionaron desde el principio el desarrollo de la villa. El Casco Viejo fue creciendo alrededor de esa actividad hasta convertir una pequeña población amurallada en un espacio urbano cada vez más complejo.
Siglos después, la historia siguió dejando capas. Iglesias, palacios, comercios, mercados y edificios de épocas diferentes acabaron coexistiendo en muy poco espacio. Y en 1983 las inundaciones que devastaron Bilbao golpearon especialmente el casco histórico, que tuvo que ser rehabilitado después de quedar gravemente afectado.
Ese tipo de lugares me interesan mucho como escritor. Una ciudad moderna puede transformarse por completo en pocas décadas, pero en un casco antiguo las épocas parecen acumularse unas encima de otras. Una fachada renovada puede ocultar muros mucho más antiguos. Un negocio contemporáneo ocupa un local por el que han pasado generaciones. Un sótano conserva una estructura que ya nadie mira.
Cuando escribí El rencor de la montaña insomne, las Siete Calles formaron parte de ese proceso de convertir un espacio real en territorio narrativo. No necesitaba inventar un Bilbao misterioso. Me bastaba aprovechar lo que ya estaba allí y preguntarme qué podía permanecer oculto detrás de lo cotidiano.
Esa es una de las razones por las que prefiero documentarme sobre el terreno siempre que puedo. Una fotografía permite recordar una fachada. Un plano permite comprender una calle. Pero caminar por un lugar sirve para algo diferente: descubrir dónde se estrecha el espacio, qué se escucha al doblar una esquina o qué edificio termina llamando la atención aunque no figurara en ninguna nota previa.
La novela negra suele hablar de lo que permanece escondido.
Y pocas ciudades ofrecen mejores escondites que aquellas que llevan siglos construyéndose sobre sí mismas.







