Hay obras que impresionan por su tamaño y otras por el lugar en el que aparecen. El pórtico de Santa María de los Reyes, en Laguardia, pertenece a las segundas. Desde el exterior del templo resulta difícil imaginar la explosión de figuras y color que aguarda al otro lado.
La construcción de la iglesia comenzó a finales del siglo XII y fue prolongándose durante varias etapas, de manera que el edificio conserva elementos de estilos diferentes. Su pieza más conocida es el pórtico de piedra tallada de finales del siglo XIV, cuya policromía actual fue aplicada varios siglos después, entre finales del XVII.
La portada está formada por cinco arquivoltas en las que se alternan figuras humanas y decoración vegetal. Ángeles, santos, profetas, reyes y vírgenes rodean un tímpano dedicado a distintos episodios de la vida de María y Jesús. En el centro, la escultura de la Virgen con el Niño preside un conjunto que todavía conserva una intensidad cromática extraordinaria.
La conservación del color tiene una explicación arquitectónica. El pórtico quedó protegido de la intemperie por el espacio cerrado que lo resguarda, evitando buena parte del deterioro que ha borrado la policromía de muchas otras portadas medievales. Eso hace que nuestra mirada contemporánea se acerque un poco más a algo que con frecuencia olvidamos: buena parte de la escultura medieval que hoy contemplamos como piedra desnuda estuvo originalmente llena de color.
Cuando visité por primera vez este lugar me interesó precisamente ese contraste. Desde fuera, la piedra y la sobriedad de una villa medieval. Dentro, un mundo mucho más luminoso y complejo.
Ese mecanismo funciona también en una novela. Las mejores localizaciones no siempre son aquellas que muestran inmediatamente lo que contienen. A veces basta una puerta, un pasillo o una pared para separar dos realidades completamente distintas.
Durante la documentación de mis primeras historias, especialment en El rencor de la montaña insomne, aprendí algo que he seguido aplicando después: visitar un lugar permite descubrir detalles que ninguna búsqueda previa ofrece. No necesariamente grandes secretos históricos. A veces basta la escala de una estancia, la dirección de una luz o la sensación que produce encontrarse frente a una imagen que ha permanecido allí durante siglos.
Esos detalles rara vez aparecen luego en una novela exactamente como fueron anotados.
Pero terminan transformándola.







