La primera impresión que produce Rioja Alavesa depende mucho del lugar desde el que se llegue. Viñedos, pequeñas localidades elevadas sobre el paisaje, la Sierra de Cantabria y Toloño cerrando el horizonte y, hacia el sur, el Ebro. Es un territorio muy reconocible y precisamente por eso resulta tan atractivo para la ficción.
La comarca se extiende por el sur de Álava y está marcada por una tradición vitivinícola que ha transformado durante siglos el paisaje. La protección de la sierra y las características climáticas de la zona favorecieron el desarrollo de la vid, pero reducir Rioja Alavesa únicamente al vino sería quedarse con una parte de su identidad. Villas medievales, yacimientos arqueológicos, iglesias, necrópolis, caminos y construcciones de épocas muy distintas aparecen concentrados en relativamente pocos kilómetros.
Ese contraste fue una de las razones por las que el territorio terminó apareciendo en mis primeras novelas. Cuando busco un escenario no me interesa únicamente que sea bello. Necesito que tenga capas. Un paisaje perfecto puede resultar narrativamente inerte si no contiene nada que lo contradiga. Rioja Alavesa ofrece precisamente lo contrario: una apariencia serena bajo la que se acumulan siglos de ocupación humana.
Laguardia es quizá el ejemplo más evidente. La villa conserva su trazado medieval y un casco histórico rodeado de murallas, mientras bajo muchas de sus calles se extiende toda una red de bodegas. Muy cerca se encuentran además restos arqueológicos como el poblado de La Hoya y distintos monumentos megalíticos. En pocos minutos se puede pasar de una bodega contemporánea diseñada por un arquitecto internacional a un dolmen levantado miles de años antes.
Para un novelista, esa acumulación temporal resulta irresistible. Permite que un escenario no sea solamente el lugar en el que suceden las cosas, sino también una fuente de conflictos, símbolos y secretos.
En El rencor de la montaña insomne y Soñado por brujas aproveché parte de ese territorio para construir la atmósfera de la historia. Con los años mi manera de documentarme ha cambiado, pero hay algo que permanece: sigo prefiriendo los lugares reales que poseen suficiente personalidad como para modificar la novela.
No me interesa utilizar un paisaje como decorado.
Me interesa que, cuando los personajes entren en él, ya haya una historia esperándolos.







