El nombre de Zugarramurdi ha quedado unido para siempre a las brujas. Las cuevas, los aquelarres y las imágenes de mujeres reunidas en torno al fuego forman parte de un imaginario poderoso, pero detrás de él existe una historia mucho más inquietante que cualquier leyenda: la de personas reales acusadas de delitos imposibles de demostrar.
A comienzos del siglo XVII, una serie de acusaciones de brujería se extendió por Zugarramurdi y otras localidades de Navarra. La intervención de la Inquisición llevó a decenas de personas ante el tribunal de Logroño. El proceso culminó en 1610 con once condenas a la hoguera: seis personas fueron ejecutadas y otras cinco fueron quemadas en efigie porque habían muerto antes.
La historia se vuelve todavía más interesante cuando aparece el inquisidor Alonso de Salazar Frías. Tras el proceso, Salazar recorrió la zona, interrogó a centenares de personas y comenzó a poner en duda la fiabilidad de muchas confesiones y acusaciones. Su trabajo contribuyó a introducir una actitud mucho más escéptica frente a las denuncias de brujería y a modificar posteriormente la manera en que la Inquisición española abordaría este tipo de casos.
Eso obliga a separar dos realidades que a menudo se mezclan. Una es la tradición sobre brujas, seres mágicos, reuniones nocturnas y ritos. Otra muy distinta es la historia de las personas que fueron señaladas como brujas y sometidas a un proceso judicial. El actual Museo de las Brujas de Zugarramurdi insiste precisamente en recuperar la memoria de aquellas víctimas y explicar el episodio dentro de su contexto social, alejándose de una visión puramente folklórica.
También es necesario ser prudente con la figura de la sorgina. La palabra vasca y las tradiciones asociadas a ella han acumulado significados y reinterpretaciones durante siglos. El cristianismo, la demonología y la persecución judicial acabaron contaminando y transformando relatos anteriores, de manera que resulta arriesgado presentar a las sorginak simplemente como sacerdotisas supervivientes de una religión pagana perfectamente conocida.
Probablemente esa incertidumbre sea parte de lo que hace Zugarramurdi tan fascinante. El lugar permite observar cómo una comunidad real, unas creencias populares, el miedo, los rumores y una institución judicial pueden mezclarse hasta producir una tragedia.
Cuando visito lugares así para documentarme no me interesa tanto decidir dónde termina la leyenda y empieza la realidad. Me interesa precisamente la zona en la que ambas se confunden.
Porque es ahí donde una historia puede cambiar la manera en que alguien mira a su vecino.
Y a veces eso resulta mucho más peligroso que cualquier bruja.







