La Bruja o Sorgina es un personaje de la mitología vasca que protagoniza muchas de sus leyendas. Al igual que en muchas otras culturas, la Bruja está directamente relacionada con la figura del Diablo, como contraposición a la mujer cristiana y devota. Pero en los relatos míticos vascos, la Sorgina adquiere en origen un significado algo diferente, como asistente o sacerdotisa de Amari, la diosa suprema del panteón mitológico.

 

 

El siguiente relato parte de este peculiar personaje de la mitología vasca y de una historia que una vez me contó mi abuela materna.

 

«Cuentan que en el valle de Ayala vivió una mujer llamada Koro Korobika que tenía ciento cincuenta años cuando murió. Todos creían que era una bruja, pues jamás se relacionaba con nadie y vivía sola en un caserío en lo alto de una montaña. La única persona que hablaba con ella era Nekane, la hija del herrero, que acudía a echarle una mano con la casa una vez por semana, pues le daba lástima que una señora de su edad pasara tanto tiempo sola. Nekane soñaba con ser maestra y montar su propia escuela para los niños del valle que no podían permitirse ese gasto, pero no había tenido el valor de decírselo a su padre, pues él insistía en que tenía que casarse y darle nietos que se hicieran cargo de la herrería.

—¿Por qué no baja usted un día al pueblo y conoce a los vecinos? —le preguntó Nekane una mañana a la anciana.
—No quiero saber nada de ellos —contestó.
—No diga tonterías. Mi padre la ayudaría a presentarla a los demás. O puedo pedírselo al padre Mariano.
—Tu padre y ese cura son los peores. Vete. Déjame sola, que no quiero hablar. 

bruja

Al regresar a casa, Nekane le preguntó a su padre el motivo de aquella acusación.
—No hables con ella. Esa mujer es una sorgina. Limítate a ayudarla y punto. Si te haces la simpática, puede que te deje toda su herencia —le dijo él.
—Aita, ¿por qué dice usted que la señora Koro es una bruja?
—Cuando era mozo un día la seguí por el bosque sin que ella se diera cuenta. Aunque ahora la veas vieja y arrugada, en su día era la mujer más guapa del valle. Pues bien, la vi meterse en el río y entonces ocurrió algo espantoso. Mientras daba unos gritos horribles se convirtió en un pájaro y emprendió el vuelo. Por poco muero del susto.
—¿Y por qué dice la señora Koro que usted y el padre Mariano son los peores?
—Porque se lo conté al cura. Y él me dijo que él ya lo sabía y me pidió que le ayudara a realizar un exorcismo para que nunca nadie más se acercara a ella.
—¿Y cómo fue ese exorcismo?
—Ay hija, déjame en paz. Lo pasado pasado está.

Nekane volvió al día siguiente donde Koro Korobika y se la encontró muy enferma en la cama, con una fiebre muy alta.
—Hija, yo me muero esta noche. Como recompensa a tu lealtad, te he dejado esta casa y todos los libros que hay en ella.
—Señora Koro, no diga eso. Déjeme que llame al médico.
—Lo mío no tiene remedio. Además no quiero ver a ninguno de esos indeseables.
—¿Qué exorcismo hizo mi padre con el señor cura? No me lo quiere contar.
—¿Qué exorcismo ni qué ocho cuartos? Se dedicaron a decir por todas partes que yo rehuía a los hombres.
—¿Pero por qué?
—Tu padre me echó los trastos un día en el bosque y le dije que no. El cura intentó aprovecharse de mí en el confesionario, varias veces. Y yo le dije la verdad, que no me gusta la barba de los hombres. ¿Y sabes qué? Mereció la pena. A pesar del vacío que me hicieron todos he sido feliz aquí en el monte. Sola, pero contenta. No veas cómo raspa la barba de los varones. 

Aquella noche Koro Korobika murió y cuando al cabo de tres días el notario abrió el testamento, Nekane recibió todas las pertenencias de la anciana. Su padre le exigió que se las entregara, pues al no tener marido él era quien mandaba. Nekane no le hizo caso y decidió montar en casa de Koro Korobika la escuela con la que siempre había soñado. Y los niños más necesitados pudieron disfrutar de sus enseñanzas y de los libros de la señora Koro. Y ellos fueron felices. Y Nekane fue feliz. Y no tuvo hijos, y su padre tuvo que cerrar la herrería. Y aunque Nekane tuvo muchos pretendientes nunca se casó, pues no quiso comprobar cómo pinchaba la barba de ninguno de ellos.»

  

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