La Vieja del Monte es un personaje de la mitología vasca que aparece mencionado en leyendas populares alavesas, en concreto en la zona de Zuia. Los gigantes como este son genios propios de la mitología vasca y de otras muchas. Esta leyenda vasca puede considerarse como una auténtica precursora o derivada de la del mítico Olentzero, el carbonero que todas las nochebuenas baja del monte cargado de regalos para entregar a las niñas y los niños que se han portado bien. Una suerte de Santa Klaus o Papá Noel propio de la cultura vasca. La Vieja del Monte, que también forma parte del panteón legendario de otras tierras como León, está relacionada con el mundo de las gentes que se dedicaban a buscar y extraer el carbón, ya que su misión es velar por la seguridad y el bienestar de carboneros, leñadores y en general personas que trabajan en la montaña. Se creía que La Vieja del Monte habitaba en el interior de los troncos huecos de ciertos árboles y era costumbre que este tipo de trabajadores, cuando regresaban de sus quehaceres diarios, mostraran a sus hijos e hijas sus zurrones con el pan que habían ganado en su jornada y les contaran que había sido La Vieja del Monte quien los había rellenado con semejante manjar. Como podemos observar, la idea de regalar presentes a los pequeños de la casa está muy vinculado a este genio mitológico, al igual que el propio Olentzero, con lo cual no es aventurado afirmar que ambos personajes puedan estar basados en el mismo arquetipo.

 

El relato que se narra a continuación lo he elaborado a partir de este peculiar personaje de la mitología alavesa.

 

 

 

“Cuentan que había una vez en la zona de Zuia un pastor llamado Hartzai que tenía tres hijas. Haizea, la mayor, era temperamental como los vendavales de otoño. Hodei, la mediana, era vaga y tranquila como las nubes en un día claro. Y Hezur, la pequeña, era incisiva y fuerte como el hueso. La madre de las jóvenes había muerto el año anterior, presa de unas extrañas fiebres, y desde entonces el hambre se había adueñado del hogar familiar, pues el salario de Hartzai no llegaba para criarlas a todas.
—Cuando nuestra madre vivía, no nos faltaba pan. Y ahora nos vamos a dormir con hambre todas las noches —le reprendía Haizea cada mañana cuando él marchaba al monte.
—Si nos pudiéramos quedar con una oveja de esas que cuidas todo sería diferente. Una entre tantas no se iba a notar —le sugería Hodei mientras sonreía de manera pícara.
Y Hartzai, apesadumbrado, partía hacia la montaña con el rebaño que tenía a su cargo, sin poder explicar a sus hijas que él no podía hacer más, que aquellas no eran sus ovejas y que su patrón le molería a palos si alguna desaparecía. Y mientras pastoreaba, lloraba y lloraba acordándose de su mujer, pensando en lo desgraciada que era su vida. Muchas mañanas Hezur le acompañaba al monte para ayudarle en su tarea mientras sus hermanas se quedaban en la casa quejándose. Un día, mientras él llevaba a los animales hacia una pradera repleta de pasto, Hezur se perdió en el bosque que la rodeaba. Cuando ya creía que jamás encontraría el camino a casa, se le apareció una anciana, muy alta y robusta.
—No temas, yo voy a ayudarte. ¿Ves ese tronco de allí?
Dile a tu padre que cada vez que venga al monte meta dentro su zurrón vacío después de haber comido.
Tras indicarle la mujer el camino de vuelta, Hezur pudo llegar a casa y allí se lo contó a su padre, que lloraba desconsolado pensando que había perdido para siempre a la única hija que aún le respetaba.

 

Al día siguiente, cuando volvió al hogar, les enseñó pletórico el zurrón lleno de pan. Haizea y Hodei se abalanzaron sobre él muertas de hambre, pero él las apartó y se lo entregó a Hezur.
—La vieja del monte me ha prometido que mañana volverá a llenarlo de pan, pero solo si se lo entrego a quien realmente ha hecho algo por merecerlo.
Y así fue como Hezur pudo alimentarse todos los días y seguir ayudando a su padre en el pastoreo, mientras sus hermanas Haizea y Hodei tuvieron que marchar a la ciudad en busca de un trabajo con el que poder subsistir.”

 

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