Hay lugares que uno visita y otros que, casi sin darse cuenta, terminan entrando en las historias que escribe. Laguardia pertenece para mí a ese segundo grupo.
La villa se levanta sobre una colina de Rioja Alavesa, rodeada por un paisaje de viñedos y protegida al norte por la Sierra de Cantabria y Toloño. Pero lo que más me interesa de Laguardia no es únicamente la panorámica que ofrece desde el exterior, sino lo que sucede al atravesar sus murallas y comenzar a recorrer sus calles.
Su configuración urbana todavía conserva la huella de su pasado defensivo. Durante la Edad Media, Laguardia fue fortificada hasta convertirse en una plaza fuerte, y ese origen condicionó la organización de un casco histórico formado por calles longitudinales, cantones y accesos atravesando el recinto amurallado. Las guerras y los siglos transformaron buena parte de aquellas defensas, pero la estructura de la antigua villa continúa siendo perfectamente reconocible.
Es precisamente esa escala la que resulta atractiva cuando se busca un escenario para una novela. En Laguardia todo parece encontrarse a poca distancia y, sin embargo, cada calle permite descubrir un detalle distinto: una fachada, un escudo, una puerta, una torre que aparece al final de un recorrido o una abertura en la muralla desde la que cambia por completo el paisaje.
Pero probablemente la característica más singular de la villa permanezca fuera de la vista.
Bajo muchas de sus casas se extiende una red de cuevas o bodegas subterráneas construidas principalmente a partir del siglo XVI para la elaboración y conservación del vino. El entramado es tan amplio que sería posible recorrer buena parte del subsuelo de la villa siguiendo esos corredores. Algunas de estas cuevas tuvieron además otros usos en diferentes momentos históricos.
Para un novelista, resulta difícil no pensar inmediatamente en las posibilidades de un lugar así. La ciudad visible y la ciudad que permanece bajo tierra. Las calles que recorren turistas y vecinos y, varios metros por debajo, galerías excavadas durante siglos.
Ese contraste entre lo cotidiano y lo oculto es una de las razones por las que Laguardia terminó formando parte de mi universo narrativo.
Un patrimonio concentrado en pocas calles
El casco histórico reúne además algunos de los elementos patrimoniales más reconocibles de Rioja Alavesa. Al norte se encuentra Santa María de los Reyes y su célebre pórtico policromado; cerca de ella se levanta la Torre Abacial, originalmente vinculada al sistema defensivo de la villa. Al otro extremo del casco aparece la iglesia fortificada de San Juan.
También encontramos el estanque celtibérico de la Barbacana, construido durante la Edad del Hierro y capaz de almacenar más de 300.000 litros de agua. Las investigaciones realizadas en el lugar apuntan además a que pudo tener funciones rituales, algo que añade una nueva capa histórica a un espacio que ya resulta extraordinariamente sugerente.
Cada uno de estos elementos podría justificar por sí solo una visita y, de hecho, el pórtico de Santa María de los Reyes merece un artículo independiente. Pero para mí lo verdaderamente interesante surge al observarlos como parte de un mismo escenario.
Una villa amurallada. Iglesias y torres. Un antiguo depósito de agua. Bodegas bajo las viviendas. Viñedos extendiéndose al otro lado de las murallas.
No hace falta añadir demasiados elementos para que la imaginación empiece a trabajar.
De la documentación al escenario
Cuando utilizo un lugar real en una novela intento evitar que se convierta simplemente en un catálogo de monumentos. La documentación sirve para conocerlo, pero después comienza otro trabajo: decidir qué percibirá el personaje, desde dónde llegará, qué podrá ver y qué parte del espacio será relevante para la historia.
Por eso volver varias veces a un mismo lugar resulta especialmente útil.
Una primera visita permite conocerlo. Las siguientes sirven para observar detalles que habían pasado inadvertidos.
Laguardia terminó formando parte de El rencor de la montaña insomne precisamente de esa manera. Rioja Alavesa ya estaba vinculada al paisaje general de la novela, pero la villa permitía trabajar con algo diferente: un escenario más cerrado, lleno de historia y con suficientes capas como para que determinados elementos reales pudieran adquirir otra función dentro de la ficción.
El patrimonio, el subsuelo y la propia configuración de sus calles ofrecían el punto de partida.
Después llegaba la novela.
Cuando el escenario deja de ser un decorado
Con los años he llegado a valorar cada vez más los escenarios que tienen personalidad propia. No necesito que resulten exóticos ni espectaculares. Me interesa que acumulen historias.
Laguardia posee esa cualidad.
Bajo una localidad aparentemente pequeña conviven épocas muy distintas: restos de la Edad del Hierro, una villa medieval fortificada, iglesias levantadas durante siglos, bodegas excavadas bajo las casas y un paisaje transformado por generaciones dedicadas al cultivo de la vid.
Todo eso existe antes de que aparezca el escritor.
El trabajo consiste en observarlo, documentarlo y decidir qué parte puede entrar en una historia sin que el lugar pierda su identidad.
Quizá por eso sigo regresando a Laguardia. No solo porque forme parte de algunas de mis novelas, sino porque todavía tengo la sensación de que, cada vez que recorro sus calles, queda algo por descubrir.







